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Espejos de barro

Espejos de barro


Las manos del Padre

¡LO HAN QUEMADO! ESO NOS HAN DICHO PARA QUITARSE LA ROPA DE LA CULPA. Creen que somos tontos. Bien sabemos que tú no eres esa imagen, aunque es muy parecida a ti. Nadie les creerá. Él ha hablado con la verdad en nuestros corazones. ¡Fueron esos malditos extranjeros! ¡Han venido en avión y lo han llevado a otro país! ¡Van a pedirle favores para llenarse de paz: su dios de dinero les ha fallado! ¿Cómo pudieron hacerlo? ¡Miserables! ¡Merecen el castigo más horrendo por este sacrilegio! Ni la muerte sería suficiente. ¿Acaso saben si Él ha querido ser llevado en sus pestíferas y pecadoras manos, llenas de envidia y de codicia? No, no es así. Él nunca nos dejaría. Nos quiere. En esta tierra hemos construido su templo con vidas, sudor y sangre. ¡Nos han timado! Ese párroco seguro que está implicado. Nos ha prohibido ingresar al templo. No quiero creerle a ese demonio disfrazado de religioso. Menos a su monaguillo. Ambos arderán en el infierno por estos actos. Lo digo yo, doña Marcelina Guimaray Romero, eterna devota de tu imagen, mucho más que esa Shanti.

Qué tristeza, Marcelina. Esto no debió pasar. ¿Qué haremos sin ti, papachito lindo? Ya no podré ir a verte para curarme cuando los pecados quemen mis entrañas. No será sencillo soportarlo. Mi alma se siente cada vez más vacía. Además, no seré la única. Toda la gente que llega desde las lejanías para verte, caminando largos trechos, entre piedras y tierra, llorará sangre, como tú en el calvario. Ya no podrán pedir por los desvalidos, para que sean perdonados y gocen de tu misericordia. ¿Qué dirá doña Shanti, así como se encuentra? No será lo mismo sin ti. Ahora solo veo ese fuego de angustia que lo consume todo, sin piedad. ¿Acaso te han vencido, Padre mío? No nos abandones, por favor. Al menos, demora en hacerlo o pereceremos en la eterna desgracia. Una gran peste nos atacará y el cielo se vestirá de luto. Un mal espantoso, que no ataca al cuerpo, sino al alma. Mucho peor que cualquier enfermedad. Si te vas, te seguiré. Dime dónde estarás. Aunque me tiemblen las piernas, iré detrás de ti. Palabra de Hermelinda Tinoco. Solo por ti. Y porque sin ti, mi vida se hundirá en la oscuridad. ¡Respóndeme en la distancia, Soledanito! ¡Apu yaya, Jesucristo!

Todo estaba planificado, Hermelinda. Por eso se dieron cuenta muy tarde. Los extranjeros lo querían. Me ofrecieron una jugosa cantidad de dinero, suficiente para dejar el hábito. Prometieron cuidarlo. Insistieron mucho en llevárselo. La corriente de la codicia me arrastró. Ya casi todo estaba listo. ¿Cómo hacer para que no se enterase toda esa gente del campo que, por su gran número y por sus arrebatos, era muy temida? Lo pensé mucho junto a mi fiel sacristán Ishaco, ese muchachito que tenía la avaricia impregnada en los ojos. Luego de un tiempo y antes de que se desanimaran nuestros amigos, coincidimos en simular una calamidad. Una cuestión de descuido, para que no dijeran nada. Así, envalentonados por los dólares que recibiríamos, lo hicimos. Fue cuestión de tiempo. Encargamos una réplica que llevaría las vestiduras originales. Una vela consumiría al ilegítimo.

En la madrugada de ese abril oscuro, muchos salieron gritando:

—¡Incendio, incendio! ¡Se quema la iglesia! ¡Auxiliooooo!

El dentista Moshi apareció justo en aquel momento. ¿Acaso fue enviado por el divino? Ni siquiera apareció doña Shanti, algo muy extraño.

El fuego se propagaba, raudo. Era como si un tósigo corriera por las venas, inoculando muerte.

—No te acerques —gritaba el monaguillo. 

Decidí seguir al negligente y vi cómo la mampara caía sobre él. Imaginé una enorme guillotina sobre un traidor de épocas remotas. Su cabeza rodó hasta los pies del Cristo impostor.

La sangre teñía el suelo. Con el alboroto y la humareda llegaron los vecinos. El plan se complicaba. Ahora todo el templo estaba en riesgo. Incluso mi cuadro de San Sebastián, atesorado con tanto recelo. ¡Eso hubiera sido la calamidad más grande!

En medio del griterío del barrio, decenas de mangueras y baldes se juntaban en su desesperación por apagar el incendio. Al final, lograron sofocarlo. Cuando emanaba solo humo, tuvimos que expulsar a la multitud:

—¡Más tarde lo verán! ¡Más tarde, por favor!

Con la desconfianza y el dolor en los ojos, se llevaron el cuerpo decapitado del dentista.

—¡Manos a la obra! —apuré a Ishaco.

Afuera se escuchaba el bullicio.

—Vámonos, carajo. Fuimos hacia el convento San Antonio de los Padres Descalzos: el lugar más inexpugnable. El sabor de la victoria era tan dulce como el vino de las misas, pero se trocó en sabor amargo. No hallamos al Cristo. El cuarto estaba vacío. ¿Quién nos lo robó? ¿Quién había engañado al padre Rodolfo de esa manera tan vil?