Moro Moroco (Muestra)
Alex Rosales Beas
MORO MOROCO
Y el corral de los valientes
PRÓLOGO
La participación de animales como personajes en la creación literaria viene desde la antigüedad. Hesíodo (Grecia, 750 a.C.-?) relata una fábula en la que un halcón atrapa entre sus garras a un ruiseñor que gemía de dolor. El halcón considera su superioridad y se solaza: «Irás a donde yo te lleve por muy cantor que seas y me servirás de comida, si quiero, o te dejaré libre. ¡Loco es el que quiere ponerse a la altura de los más fuertes» (Hesíodo, 1978, p. 135).
Ahora, En la novela Moro moroco y el corral de los valientes, de Álex Rosales Beas, diversos animales —un gallo, un loro, un perro, un gato, un gavilán— actúan con una mirada singular, pues los humanos pasan a un segundo plano. Ellos protagonizan jornadas épicas cuyos signos son la valentía, la resistencia, el sacrificio y la fraternidad. Y se agrega sus propios enfoques, transmitidos en su condición de narradores-personajes. Entonces, los animales se observan a sí mismos y también a los seres humanos. La posición diferenciada de los animales, demanda un lenguaje popular transmitido con agudeza para expresar los hechos.
El autor se aparta de la sencilla fábula y de la moraleja, pues, en un primer momento del relato, los personajes-narradores expresan su preocupación social por la repentina escasez de los productos de primera necesidad en un espacio ya de por sí muy pobre como es el corral. Ocurre que en un determinado momento de la historia interna del relato se produce una medida económica traumatizante: El paquetazo (p. 16). El perro Oso describe la nueva y nefasta situación así: «No fue un golpe con puño, fue un golpe con hambre. Todo subió: el arroz, el pan, la vela, hasta el aire, menos el aire, menos la esperanza» (p. 16).
Oso, en su condición de observador irónico y de narrador, puntualiza: «Las colas eran largas. No de fiesta. De espera. La gente peleaba por un litro de aceite como si fuera oro, y se insultaban por un kilo de arroz como si la comida definiera el valor de las personas» (p. 20). Aquí comienza el primer signo épico: la lucha por la sobrevivencia de todos, animales y humanos, pero desde la perspectiva de los primeros. Oso es consciente de la situación difícil: por eso, insiste en el signo épico al describir y caracterizar al corralón: «Aquí hay vida. Aquí hay lucha. Aquí, cada día, late un corazón distinto (p. 11).
Los afectados por la situación económica crítica recurre a un sistema ancestral: el trueque: «radios por camotes, sillas por aceite, orgullo por el pan. Ya no hay vergüenza, compadres; el hambre barre la vergüenza como el viento barre las hojas secas del patio» (pp.24-25). El hambre modifica las relaciones humanas, se regulariza la nueva cotidianeidad, se pierde el entretenimiento, sin importar el pudor. Hay una renuncia a la posesión de bienes materiales, sin que interese el pudor. Se impone la subsistencia. Así, hay una intensa crítica social más que moral, esta es una última manifestación de la moraleja, presente solo en algunos pasajes del libro.
Oso se constituye como una voz privilegiada, dada su condición de testigo directo y observador perspicaz: Se permite, incluso, frases reflexivas: «Aquí todos miran. Sí. Pero no todos ven. Y si alguien va a contar las cosas como son, sin adornos ni alboroto, ese soy yo: Oso, el perro de la casa» (p. 10). Si bien es un animal, se aparta de tal condición, pues su opinión es objetiva y lúcida: él es capaz de ver los detalles; otros, no. Y se siente orgulloso de contar los hechos como veedor directo.
Un siguiente narrador-personaje es el loro, Pepito Gorrero. El perro Oso lo califica más bien como observador chismoso, pero eso sí transmisor de lo que acontece en el espacio animalesco: «Dice que es cronista del corralón y puede ser. Pero también es trompeta, campana, escándalo» (p. 11). Si bien se propicia al mismo tiempo su función de cronista popular y chismoso del corralón, también se debe recalcar que internaliza y enuncia la situación de supervivencia: «si algún día sienten que todo escasea, que no alcanza, que no hay salida, pasen por aquí. Y miren cómo la Doña lo resolvió: cultivando, criando» (pp. 19-20).
El gato Roki también tiene presencia importante. Representa al personaje con ínfulas aristocráticas: «En ese tejado reinaba Roki, el gato altivo» (p. 5). Parece un tanto orgulloso y, por lo mismo, distante entre la animalidad del corralón. Pero es consciente que ese espacio es su lugar, así se vaya, enamorado, a otras calaminas. Así le acontece cuando se interesa en una gata: «A mí me pasó con Katerin. La gata del tercer techo: «[…] Dejé mi tejado por ella. Abandoné la calamina por las baldosas (p. 15).
Con la mención de la Doña, ya se puede hablar de la interrelación de animales y humanos. Agamben (2006) afirma que hay una tradición de separación entre el hombre y el animal, en última instancia de naturaleza política. Sostiene que «El conflicto político decisivo que gobierna todo conflicto, en nuestra cultura, es el conflicto entre la animalidad y la humanidad del hombre» (p. 146). El conflicto en esta novela proviene de una mención política al aludido paquetazo, pero se detiene solo en los efectos del hambre que afecta a los hombres y a los animales. La propuesta de Agamben como que no se cumple porque más bien surge una confraternidad entre las dos clases de seres.
La segunda impronta épica ocurre casi totalmente en el reino animal; en tal sentido destaca la confrontación del gallo Moro por partida triple: con el gavilán con la comadreja y con su adversario natural, el Ají Seco. El gallo está rodeado de una aureola mítica, de valentía y de defensa de los demás ante el abuso y la adversidad. Entonces, es normal que se enfatice en su condición de ave guerrera, un gallo nacido para pelear, amparado en su «pico torcido como cuchillo viejo» (p. 37).
En el duelo del gallo contra el gavilán, la acción de Moroco trasunta valentía, heroicidad y sacrificio. Mientras que el gavilán confía en su condición de carnicero, en su sombra de amenaza permanente, el gallo
Moroco actúa amparado en su ánimo justiciero: quiere reivindicar a la Doña, entristecida por el robo de sus gallinas. Defiende la memoria de su pequeña comunidad ante la adversidad de una amenaza. Es como si hubiera asumido para sí una reparación histórica; por eso se entiende su rabia: «Moroco se lanzó directo al cuello del gavilán, justo donde la pluma es blanda y la vida tiembla» (p. 43). Moroco no solo resguarda un yo, sino, sobre todo, un nosotros. Y claro, se interpreta como el triunfo del débil ante el poderoso.
El enfrentamiento contra la comadreja alude a un depredador silencioso, a una amenaza casi invisible, a una presencia subterránea, sigilosa, como si fuera un fantasma que «arde como fiebre que sube sin aviso» (p. 49). Es la representación del peligro contra los animales del corral de los valientes. Moro Moroco es el valiente: «se irguió con el pecho firme, la espuela lista y el ojo fino» (p. 49). Tiene, además, la ayuda de los otros integrantes del corral: Oso, Roky. El miedo no tiene cabida: no se huye, se le enfrenta. En tal sentido, lo que parece una anécdota, se transforma en algo simbólico: una lección de supervivencia humana y animal.
La pelea entre gallos —el Moro Moroco y el Ají Seco— tiene otro carácter: representan a sus camaradas, Chalo y Kevin, respectivamente. La pelea es sanguinaria, con avances y retrocesos, con caídas y levantadas, con una entrega sin medida. El Ají Seco también estaba rodeado de una aureola mítica: «No era un gallo, era un talismán, un amuleto con espuelas de oro, pura categoría, más fino que vino guardado» (p. 64). Así, en su combate animalesco, pero simbólico de sus camaradas, entregan lo mejor de sí: la propia vida.
En Moro Moroco y el corral de los valientes, Álex Rosales ha representado los diferentes peligros que provienen de diversos espacios: del aire, el gavilán; del suelo, el gallo Ají Seco; del subsuelo, la comadreja. Su obra puede representar un microespacio de la convivencia humana. Existe una personificación y un antropomorfismo: los animales actúan como los seres humanos. Tienen sentimientos y desempeños similares. Por algo Moroco Moroco se enamora: sufre y goza como cualquier mortal.
El libro transcurre con una trama dosificada, en la que los humanos conviven entre los animales y no al revés. Su lenguaje, en base a un vocabulario popular, al habla cotidiana de una zona que podría ser rural, está construido con frases breves y contundentes provenientes de la oralidad. Asimismo, el tono es sobrio y preciso.
Moro Moroco y el corral de los valientes, por la tipificación de los personajes y por la simbología inmanente, constituye una singularidad en el proceso creativo del autor y de la narrativa peruana.
Referencias
Agamben, G. (2006). Lo abierto. El hombre y el animal. Adriana Hidalgo Editora.
Hesíodo (1978). Obras y fragmentos. Gredos.
Segundo Castro García
Universidad Nacional Santiago Antúnez de Mayolo
CANTO I — “El Corralón despierta”
Volvimos porque la Doña se fue.
Su partida fue silenciosa, como si no quisiera despertar al amanecer. En la capital, entre el ruido de los autos y las luces sin estrellas, cerró los ojos con un suspiro que olía a tierra mojada.
Antes de irse, nos tomó la mano y le dijo a Chalo:
—Hijo, cuando ya no esté, vuelve al corralón. No dejes que el polvo lo entierre. Levanta allí algo que respire. Algo que cante.
Y Chalo volvió. No como el niño con la cara llena de barro, sino como ingeniero zootécnico, con los planos bajo el brazo y una promesa en el pecho. Regresamos los tres: él, nuestro hijo Juvencio y yo.
El camino hacia el corralón nos recibió con la misma brisa tibia de antes. Todo parecía más pequeño, más callado, pero vivo. Las piedras seguían en su sitio, el viento hablaba entre las calaminas viejas y el aire olía —como siempre— a maíz y memoria.
Chalo se detuvo junto a la roca donde Moroco cantó su victoria. Se sentó despacio, pasó la mano por la superficie tibia y dijo:
—Era aquí. Aquí empezó todo.
Juvencio, con sus siete años de curiosidad, lo miró sin comprender del todo.
—¿Aquí vivía el gallo, papá?
—Sí, hijo. Aquí mismo.
El viento pareció asentir. Yo los observé en silencio. No sentía tristeza, sino una gratitud tranquila. Volvíamos al punto de partida no para llorar el pasado, sino para cumplir el deseo de la Doña, que no dejó herencia en monedas ni papeles, sino en palabras que germinan: “Levanten algo que respire. Algo que cante.”
Así nació la idea de la avícola. De cemento, de fierro, de sol. No para reemplazar lo que fuimos, sino para honrarlo.
—Mira bien, hijo —le dije—. Grábalo con los ojos, porque mañana, donde pisas, habrá concreto. Y no quiero que recuerdes ruinas, sino raíces.
Este era el corralón, Juvencio. Aquí dormía Oso, nuestro perro chusco, pero con lealtad. Allá colgaba el columpio donde Pepito, el loro, gritaba la verdad sin miedo. En ese tejado reinaba Roky, el gato altivo que, cuando más importaba, bajó.
¿Ves esa sombra al pie del huerto? Allí cantó Moroco por primera vez. No tenía plumas brillantes ni canto bonito, pero cuando el miedo entró por la puerta, él no retrocedió.
El corralón se irá, sí. Las paredes caerán, el piso será aplanado, y sobre él crecerán columnas de trabajo y esperanza. Así lo dicta el progreso. Pero lo que pasó aquí no se demuele: se hereda.
Mira una vez más. Respira. Escucha con los pies. Hay lugares que no necesitan permanecer para seguir vivos. Este, hijo, es uno de ellos. Tal vez un día nadie recuerde el corralón. No importa. Mientras alguien ame con la fuerza con que ellos amaron, el canto volverá solo. Y cuando vuelva, sabrás reconocerlo. No será igual, pero te hará levantar la cabeza y abrir el pecho, como lo hizo Moroco aquella mañana. Porque la esperanza —la verdadera— no vive en los muros, sino en la voz de quienes, aun cayendo, se atreven a volver a cantar.
Han pasado veinte años desde la última vez que crucé este patio. El camino sigue igual, con su olor a tierra vieja y su aire caliente que se enreda en el pelo. Pero el corralón ya no canta. Ahora es solo un terreno agrietado, lleno de hierba seca, donde el viento sopla como si buscara a alguien.
Chalo está ahí, sentado sobre la piedra donde Moroco cantó su victoria. Tiene las manos quietas y la mirada de quien escucha algo que ya no suena, pero todavía vibra. A su lado, Juvencio lo observa en silencio.
—Papá —le dice—, ¿de verdad aquí vivió un gallo que hablaba con el sol?
Chalo sonríe. Deja que el viento diga lo que las palabras no pueden.
—No hablaba —responde al fin—. Solo cantaba más fuerte que el miedo.
Yo los observo desde la sombra de la tapia caída. En el aire hay algo dulce y triste, una mezcla de polvo y recuerdo. Pienso que tal vez eso somos ahora: el eco de lo que amamos, repitiéndose en otros cuerpos.
Hemos vuelto para derrumbar el corralón y levantar una avícola de cemento y fierro, con techos nuevos y luces blancas que no se apagan ni con la lluvia. Chalo dice que así el trabajo será más digno, que ya no habrá hambre ni madrugada helada. Pero mientras lo escucho, siento que el terreno se resiste, que la piedra tiembla bajo sus pies, como si Moroco, allá adentro, todavía no quisiera ceder su canto.
Juvencio corre por el patio y encuentra una pluma negra. La levanta en alto, orgulloso.
—Mira, mamá —me dice—. ¿De quién era?
—De un gallo valiente —le respondo—. Uno que peleó por todos.
Él ríe. No entiende del todo. Pero en su risa hay una claridad que me calma, como si el tiempo no fuera más que un juego entre lo que queda y lo que vuelve.
El sol cae detrás del cerro y el polvo se ilumina.
Chalo se levanta, toca la piedra y empieza a hablar.
Su voz, cansada pero firme, se mezcla con el viento:
—Era un corralón pequeño, con olor a maíz y agua estancada.
Allí vivían la Doña, el loro Pepito, el gato Roky, el perro Oso y un gallo al que todos llamaban Moroco…
Yo cierro los ojos. Y mientras su voz recorre el aire, el corralón vuelve a levantarse entero frente a nosotros. El pasado canta, y por un instante, parece que el tiempo también respira.